Las manifestaciones del pasado 08/11 contra
el gobierno argentino han sido un éxito en todo el país. Aunque nunca falten mercenarios
y chupamedias que en su paroxismo digan “sólo fue 1 millón de personas al
obelisco; 39 millones no apoyaron la marcha”, es innegable que:
a) la gente ha perdido la paciencia; b) la gente va perdiendo el miedo; c) se
organiza libremente sin necesidad de que le pongan choripanes, micros o planes;
d) ha salido con pancartas caseras – no hechas en gráficas de sindicatos
oficialistas – y un mensaje claro, imposible de ignorar.
Si el propósito del movimiento era quejarse
contra el estado de cosas, cumplió con creces su cometido. Su representatividad
quedó demostrada: a la marcha fue gente de todos los barrios y clases sociales;
la insatisfacción con el gobierno se ha generalizado. No se trata, por lo
tanto, sólo de gente “bien vestida”, crítica estúpida, ajena a nuestra
idiosincrasia, aún más si se tiene en cuenta que proviene de quienes han
enriquecido ilícitamente, aquí lamentablemente incluidas venerables madres y
abuelas.
A pesar de todas las evidentes virtudes es
previsible que un movimiento de este tipo vaya perdiendo impulso, como ya
ocurre con "Occupy Wall Street" o el "Indignados" de España. La pérdida de impulso se
da, no porque el movimiento no sea legítimo, o porque no tenga “consignas
claras”, sino porque carece de elementos básicos para su supervivencia: a) objetivo
inequívoco de desplazar a los actuales gobernantes y abrirle camino a otros que
respeten a la gente y las instituciones; b) líderes visibles capaces de trazar
una estrategia y mantener la movilización; b) tácticas variables para ir dando la
lucha a medida que el frente de batalla cambie; c) apertura a la convergencia
con agrupaciones y partidos políticos que permita su participación en la
disputa electoral.
En esta breve lista hay algunos elementos que
el propio gobierno llegó a mencionar en sus críticas, ya desde la pionera
marcha de junio de este año: la falta de líderes visibles. El 13-S mereció del
gobierno y sus mercenarios frases irónicas y despectivas. El #8N, curiosamente,
fue acusado el día antes por la presidente (“no me pidan que cambie”), para ser
ignorado al día siguiente en absurdas alusiones al triunfo de Obama y los cambios en el Partido Comunista
Chino.
El
deliberado comportamiento oficial demuestra que es ingenuo creer que, por fuerza
de marchas como éstas, el gobierno vaya a cambiar de rumbo. Asistimos a un
proyecto de poder hegemónico en el que no hay espacio para el disenso (que lo diga Scioli). El “vamos por todo” no es un mero slogan sino una consigna de
poder perpetuo – o hasta que algo o alguien les ponga un freno. El kirchnerismo
implementa a nivel nacional lo que ya hizo en Santa Cruz durante más de una
década – lo mismo que gobernadores igualmente corruptos hacen en varias
provincias argentinas.
Se
combinan en el régimen kirchnerista todos los ingredientes de siniestros gobiernos históricamente autoritarios. Fue así en la Rusia soviética de Stalin, la España falangista de Franco, la Alemania nazi de
Hitler, la Italia fascista de Mussolini, el Estado Novo de Getulio Vargas, la Argentina justicialista de Perón – para mencionar sólo algunos. El doble
discurso – y el culto a la personalidad – son omnipresentes: se habla en nombre de “todos”
pero se gobierna para un reducido grupo de aliados y se niega representatividad
a la oposición; se declama amor a los pobres, pero luego de décadas en el poder
el número de aquéllos aumenta; se alegan altos ideales nacionalistas, pero su accionar
fragiliza cada vez más, económica, moral y socialmente al país y a su gente.
Nada
del actual deterioro económico y social de Argentina es casualidad. No hay un
tenebroso complot internacional contra nuestro país. Es el kirchnerismo que avanza
con su proyecto a costa del presente y del futuro de los argentinos. Funcionarios
y aliados enriquecen desfachatadadamente mientras le echan la culpa de
todo a “los ’70” o “los ‘90”. Curiosamente, dos períodos de la historia
reciente en que los Kirchner fueron, sin cualquier pudor, aliados incondicionales de
los mandantes de turno: la dictadura militar primero, el menemismo después.
Es
también ingenuo creer que el gobierno kirchnerista se vaya a caer solo. No
existen en Argentina los contrapesos típicos del sistema republicano. Una organización
criminal, que hoy se hace llamar FpV, ha tomado el Ejecutivo, tiene mayoría
absoluta en el Legislativo y se ha puesto al Judicial en el bolsillo. En lugar
de un poder que controle y le sirva de freno al otro, lo que tenemos es una
asociación ilícita dedicada a expoliar al ciudadano que intenta vivir honestamente de su
trabajo.
Para
que las marchas recientes puedan rendir sus frutos es necesario que, primero,
no seamos ingenuos y, segundo, sepamos hacer lo necesario en el momento preciso.
Estas marchas han sido sólo batallas; el final de esta verdadera guerra contra
la corrupción y la desfachatez del gobierno kirchnerista y la decadencia de
nuestro país está aún muy lejos. Nada va a suceder por milagro.
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