El
24 de marzo de 1976 amaneció un soleado y agradable miércoles de principios de
otoño típico de Buenos Aires. Tempranito caminé las escasas dos cuadras entre
la casa donde vivía y mi trabajo en el barrio de Balvanera.
Los
días anteriores los periódicos venían anunciando lo que todos ya sabíamos o por lo menos presentíamos: un golpe militar en ciernes le pondría fin al corrupto, inepto y ya desgastado gobierno de la viuda de Perón, que había heredado el poder
por ser su vicepresidente.
María
Estela Martínez de Perón, popularmente “Isabelita”, había llegado a la
presidencia tras la muerte de su marido, Juan D. Perón, el 1° de julio de 1974,
después de algo más de nueve meses en su tercera presidencia. Isabelita, que sólo había concluido la escuela primaria, era una mujer de escasa habilidad política y carente de la inteligencia necesaria para gobernar un país como la Argentina. Perón había conocido a la entonces bataclana en Panamá durante sus
andanzas de ex presidente depuesto y rico. Perón se casó con ella y la instaló en la
mansión de Puerta de Hierro, Madrid, donde se exilió.
Esa linda mañana de otoño, a los 18 años de edad, me fue imposible no sentir una gran sensación de alivio al saber que el golpe se había consumado y el
desastroso gobierno peronista iniciado en 1973 llegaba a su fin.
En ese
momento nadie imaginaba que las FF.AA. comandadas por un teniente general considerado brillante, desatarían su furia represora no sólo sobre
unas centenas de guerrilleros alucinados sino también, y principalmente,
contra buena parte de la población civil.
En marzo
de 1976 la escalada terrorista en Argentina llevaba más o menos una década. Había empezado
con grupos armados nacionalistas, peronistas y también guevaristas en los años 1960. Desde su exilio
en la España franquista Perón había incentivado lo que denominaba las formaciones
especiales, o sea, guerrillas urbanas que fustigaban a los gobiernos militares.
El accionar guerrillero había alcanzado un punto de no retorno con el secuestro
y asesinato del general (RE) Pedro E. Aramburu expresidente militar (1955-1958) por la organización guerrillera Montoneros en
junio de 1970.
La
muerte del Gral. Aramburu fue un duro golpe guerrillero a la
institución militar y resultó en la deposición casi inmediata, una semana después,
del entonces presidente Gral. Juan C. Onganía. A partir de allí otros tres
presidentes militares se sucederían en menos de tres años, antes de la esperada
apertura democrática de marzo de 1973.
Los
años 1974 y 1975 fueron de intensa actividad terrorista, tanto peronista (Montoneros-FAR),
como comunista (ERP), amplificada con la aparición de la tristemente célebre AAA
(“Triple A”), grupo parapolicial organizado, financiado y fuertemente armado desde los sótanos del Ministerio del Interior por su titular José López Rega, exsecretario
privado de Perón. A la muerte del viejo caudillo, "El Brujo", como López Rega era llamado, asumió el poder de
facto y pasó a comandar a la viuda de Perón como a una marioneta.
La
corta y caótica aventura peronista (1973-1976), con 4 presidentes (Cámpora, Lastiri, Juan Perón, Isabel Perón)
en menos de 3 años, fue un nuevo y grave factor de inestabilidad política y atraso económico, social
e institucional para la Argentina, país que hacia mediados de los años 1940
estaba entre los 10 países con renta per capita más alta del mundo.

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