Sigue dándonos
motivo de orgullo el gobierno kirchnerista. Por estos días se supo que un subsecretario
– que en realidad tiene status de superministro – multiplicó su patrimonio nada
menos que 30 veces. Si el número ya es de por si admirable, mucho más lo es el
plazo que le llevó a Guillermo Moreno completar tal hazaña: sólo ocho años.
Peeero – y aquí
va un detalle importante – no se trata de ocho años cualquiera, no; son los
últimos ocho años, justamente el tiempo que lleva desempeñando la noble función
de regular el comercio interno y cuidar que los precios no le escapen a su
férreo control. Además del enorme éxito en su función pública – los números de
la inflación argentina no nos dejan mentir – el funcionario le muestra al mundo
su extraordinaria capacidad como empresario.
En el mundo no son
muchos los que pueden exhibir tal buenaventura en los negocios, pero en Argentina
abundan, especialmente los que cumplen abnegada doble jornada como funcionarios
y empresarios. Sí, porque en su última declaración de renta, el subsecretario Guillermo
Moreno cándidamente consigna que el aumento de su patrimonio se debe a su
actividad comercial como ferretero.
Lo que el
superfuncionario no aclara es si las llaves francesas, tuercas, arandelas y tornillos
que vende en su ferretería son del vulgo acero o si, por el contrario serían de
metales más preciosos, como algún mal pensado podría deducir de su insólito
desempeño económico.
Antes que alguien
diga nada, no hay nada de equivocado en la dupla función – subsecretario y empresario
– de uno de los funcionarios preferidos de la presidente Cristina Kirchner. Con
seguridad el aumento de su fortuna – y el resonante éxito en su función pública
– sólo se deben a las muchas horas de arduo trabajo que le dedica a ambas
ocupaciones.
Los que
opinan diferente son una sarta de envidiosos o, entonces, miembros de la “puta
oligarquía” como le gusta decir al industrioso funcionário.
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