Hace
algún tiempo escribí una secuencia de artículos en los que trato la falacia
del “cambio competitivo”, repetida hasta el hartazgo por Ella durante su
lamentable primer mandato. Hace tiempo ya que la millonaria presidente argentina
dejó de usar el latiguillo. ¿Por qué? Porque el (des)gobierno kirchnerista está ahora empeñado en un no admitido 1
a 1 sin dólares para pasarle a la gente una falsa sensación de estabilidad.
El objetivo primordial de tantas y tan variadas restricciones al cambio, a las
importaciones y a la actividad económica en general es evitar que se fugue un
activo actualmente abundante en el mundo pero muy escaso en Argentina: el
dólar.
¿Por
qué Argentina sufre escasez de dólares? Porque: 1) las maquinitas de Boudou
sólo imprimen pesos (gracias a Dios), pero los imprimen al 30-35% anual; 2) la
economía argentina está lejos de ser competitiva, no exporta bienes con valor agregado y no genera dólares
genuinos; 3) la penalización del campo estrangula al único sector realmente
competitivo; 4) la combinación de intervención estatal creciente, cepo cambiario,
congelamiento de precios y alta carga impositiva ahuyenta las inversiones
productivas y ahonda el atraso.
Por
mucho que creativos y obsecuentes funcionarios se empeñen, no pueden torcer las
inexorables reglas de la economía: la emisión de moneda sin lastro genera
inflación, que deteriora la tasa de cambio, que le resta competitividad a los
productos nacionales en el mercado mundial, que afecta las exportaciones, que
paraliza la inversión productiva. Un círculo vicioso.
La
emisión indiscriminada de papel pintado devalúa la tasa de cambio y reduce la
remuneración de los exportadores, lo cual los fuerza a aumentar sus precios
para preservar rentabilidad. Como los mercados externos son muy competitivos, aumentos
de precios no se aceptan con facilidad. El resultado es caída de las ventas y
pérdida de mercados. Esto ya se constata en los supermercados de Sao Paulo: los productos argentinos
han casi desaparecido, probablemente porque los exportadores
argentinos intentan, sin éxito, renegociar precios para compensar el desgaste
inflacionario y sus clientes brasileños se vuelcan a productos similares de otros orígenes en
condiciones más competitivas.
Si
Argentina tiene cada vez más dificultades para vender sus productos en el mercado brasileño aún con arancel cero, ¿puede vender en otros mercados sin tal ventaja? La respuesta
es un sonoro no, con la honrosa excepción de nuestros productos agrícolas. Como
si fuera poco, en los últimos años el gobierno kirchnerista se enfrascó una
política comercial suicida, falsamente nacionalista, por la que se peleó con todos
sus principales socios comerciales: EE.UU., Europa, China y hasta el propio
Brasil aunque, eso sí, se ocupó de entablar relaciones con países de regímenes totalitários como Venezuela, Angola e Irán.
¿Cuántas
veces el peronismo corrupto y retrógrado sometió a la Argentina a estas
fórmulas políticas y económicas fracasadas? Es mentira cuando dicen que el
peronismo sólo gobernó al país por poco tiempo. Desde 1946 a la fecha, entre
Perón, en sus tres presidencias (10 años), Menem (10 ½ años) y la pareja Kirchner
(otros 10 años ya), el peronismo gobernó Argentina durante más de 30 de los
últimos 60 años de historia. Además, influenció y condicionó la vida argentina
durante los 18 años de dorado exilio del líder entre Venezuela, Panamá y
España.
Así llegamos a un total de más de 48 años - 80% del los últimos 60 años de historia contemporánea - bajo la influencia directa o indirecta
del peronismo. Los resultados están a la vista.
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