Hoy
se cumplen 40 años del golpe militar que, el 11 de setiembre de 1973, derrocó
al gobierno constitucional de izquierda de Salvador Allende en Chile. Como jovencito de 16
años recién cumplidos, idealista e ingenuo que era, en mi Buenos Aires natal fui a manifestaciones de protesta en las que se cantaba “La izquierda, la
izquierda, viva Chile, mierda”.
En Argentina Juan D. Perón, recién llegado de su exilio de 18 años en el exterior, ganaría las
elecciones presidenciales del 23 de septiembre y llegaría por tercera vez a la
Casa Rosada. Su mandato terminaría con su muerte el 1° de julio de 1974.
El golpe militar chileno comandado por el Gral. Augusto Pinochet,
otrora hombre de confianza del presidente derrocado, fue violento. Salvador
Allende se atrincheró en el Palacio de la Moneda en Santiago y, a pesar de reiterados pedidos de rendición, intentó
resistir. Durante años la izquierda mundial difundió la noticia de que Allende había sido asesinado. La versión oficial, recientemente confirmada, da cuenta que, viendo que ya no había punto de retorno, Allende se suicidó con una carabina que le habían obsequiado.
El régimen militar que se instaló en Chile luego del
golpe fue represivo y sangriento. Como pasó en casi todos los países
latinoamericanos, la Junta Militar chilena utilizó extrema violencia para quebrar la resistencia de grupos de sindicalistas y activistas. El Estadio
Nacional de Chile fue transformado en cárcel colectiva de izquierdistas,
supuestos o confirmados, y civiles desarmados eran cazados y encarcelados en
las calles a la luz del día.
Documentos recientemente desclasificados por el Depto. de
Estado de EE.UU., entonces comandado por Henry Kissinger, y también de la CIA,
confirman la existencia del Proyecto FUBELT, también conocido como Track II.
El plan diseñado para hacerle la vida difícil al presidente Allende y provocar
un golpe militar, tan de moda por aquellos años en América Latina, contaba con
la participación de transnacionales americanas como la ITT.
El gobierno de Allende era de izquierda y buscaba
estatizar y socializar la economía chilena. Esto causó gran conmoción social y virtualmente paralizó la economía del país. Salvador Allende declaraba que quería hacerlo por la vía democrática pero había en la UP, partido
del presidente, sectores de extrema izquierda que pugnaban inclusive por
disolver el parlamento e instaurar el socialismo por la vía rápida.
No deja de
ser extraño en un presidente que, antes de llegar al cargo máximo, había sido diputado y senador por nada menos que 25 años. Nadie mejor que Salvador Allende podía
saber que su país no aceptaría fácilmente un régimen a la cubana, que la izquierda latinoamericana tanto admiraba - y aún admira.
Muy mala impresión causó en la opinión pública,
principalmente entre las clases medias, la visita oficial de Fidel Castro,
quien llegó a Santiago en un avión soviético Ilyushin en noviembre de 1971 con
un imponente aparato de seguridad. Originalmente programada para durar 10 días,
Fidel la extendió por su cuenta a 24 días, recorrió el país, se entrometió en
los asuntos internos chilenos y causó gran embarazo al presidente. Crónicas de
la época cuentan que a su suite del hotel le llevaban niñas locales para diversión propia y de su extensa comitiva.
Difícil es justificar golpes militares contra gobiernos constitucionales
elegidos democráticamente y más aún cuando el blanco principal de la brutal
represión que sigue es, por lo menos en parte, la población civil. Esto ocurrió durante los
’60 y ’70 no sólo en Chile sino también en varios otros países latinoamericanos como
Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Uruguay.
La explicación de la izquierda es que por detrás de todo
estaría siempre el imperialismo yanqui. También es verdad
que había en Chile organizaciones guerrilleras de izquierda como el MIR que pugnaban por imponer el socialismo por la vía armada. El Chile de 1973 gobernado por el izquierdista Salvador Allende sufría una hiperinflación de más del 600% anual y escasez generalizada de alimentos, combustibles y hasta agua potable.
Comparados a sus pares de otros países latinoamericanos, los militares chilenos liderados por el Gral. Augusto Pinochet fueron, en términos económicos, los más exitosos y pusieron a Chile en la ruta de 40 años de crecimiento y eliminación de la pobreza con libertad económica. Con pocas excepciones los gobiernos militares latinoamericanos resultaron en rotundos fracasos en los aspectos político, económico y social.
En la vecina Argentina, los militares que volvieron a tomar el poder menos de 3 años después, en marzo de 1976, fueron no sólo truculentos sino también ineptos. La
historia registra que los uniformados no estaban ni remotamente aptos a
pilotear sus países hacia el futuro de grandeza que declamaban vislumbrar.
Si esto es verdadero para prácticamente todos los países
del subcontinente que por esos años sufrieron golpes militares, tanto más lo es
para Argentina, otrora potencia económica del Cono Sur, en que sucesivos
gobiernos militares generaron un continuado deterioro social y desorganización política y descalabro económico del país, aunque esto es tema para otra entrega.

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