En los
últimos tiempos se ha vuelto a hablar del libro "El hombre mediocre", del ítalo-argentino
José Ingenieros. Lo que lo ha puesto de nuevo en boga es la más que visible y acelerada decadencia argentina
de la última década que el kirchnerismo sugestivamente llama Década Ganada,
nombre muy propicio para los anti-k que sólo tienen que cambiar un par de letras para
que sea todo lo contrario.
Para los
que observamos la Argentina desde afuera el deterioro es evidente
y aún más vertiginoso en los últimos 10 años. Durante el cuarto de siglo que viví
en mi país no recuerdo que políticos, autoridades, periodistas y la gente en general se refirieran unos a otros con
tantos insultos y palabrotas que antes sólo se decían esporádicamente
y en lugares y situaciones muy específicos; hoy están en el lenguaje cotidiano
y son dichas miles de veces todos los días por radio y TV.
Aunque
los dos lados en pugna, situación y oposición, usen el mismo argumento – la mediocridad
– para acusarse mutuamente, la verdad es que la calidad de los políticos ha bajado
asustadoramente. Y esto ocurre en plena democracia cuando
se supone que hemos aprendido a convivir con el que piensa distinto. Claro que,
en la Argentina actual, convivir no significa tolerar ni mucho menos tener en cuenta
sus opiniones. Es lo que el kirchnerismo hace.
Al contrario
de lo que muchos ingenuos creen, el hecho de que medios, periodistas y la
gente en general puedan manifestarse, opinar, denunciar, etc. no muda necesariamente la realidad a no ser que las autoridades constituidas hagan algo al respecto. De
hecho, en la Argentina kirchnerista las autoridades se pasan las decisiones de la
Justicia por allá abajo y hacen la vista gorda para ilícitos propios al tiempo que
castigan con rigor los ajenos. Inventándolos, inclusive.
Como decía el
Gral. Cangallo: “Para los amigos todo; para los enemigos, ni justicia”.
A lo largo
de las últimas 6 décadas el peronismo se ha travestido diversas veces para engañar a los argentinos. Hemos tenido peronismo con y sin Perón; son peronistas
personajes tan improbables cuanto Menem, Ruckauf, Duhalde, Sola, Scioli. Encuestas
de opinión hechas en el conurbano bonaerense antes de las últimas PASO muestran
que la gente continuaría siendo peronista. Es una lástima que en todo ese tiempo hayamos aprendido tan poco.
El kirchnerismo
es la cara más actual del peronismo, ideología prepotente, anacrónica y retrógrada,
copia autóctona del Fascismo de Mussolini y el Nacional-Socialismo de Hitler, impuesta
al país en la segunda mitad de los años 1940 cuando aquellas dos ideologías totalitarias y sangrientas
ya habían sido derrotadas política y militarmente
en Europa – no sin antes dejar un tendal de muerte y destrucción.
La capacidad
del peronismo, en cualquiera de sus formas, de volver al poder como salvador de
la patria es sorprendente. Néstor Kirchner llegó a la presidencia gracias al abandono
de Menem, en elecciones en que los tres primeros candidatos eran del peronismo y sumaron más de 60% de los votos.
¿Qué había pasado antes? Los argentinos nos despertamos bruscamente
del sueño primermundista. A seguir, en un movimiento pendular recurrente, nos fuimos
al otro extremo. Del neoliberalismo tardío y media suela de Menem al populismo totalitario
kirchnerista. Los resultados – desastrosos – están a la vista.
Siempre
se ha dicho que el pueblo nunca se equivoca. Ah, si fuera verdad. Cuando el
pueblo argentino continúa votando una y otra vez a los mismos que lo esquilman y
empobrecen se equivoca históricamente. Las consecuencias se pagan durante generaciones.
Argentina no saldrá adelante si no es capaz de desvencijarse del peronismo
mediocre, corrupto y mafioso que degrada a las instituciones, somete al pueblo y niega el futuro manteniéndonos en el pasado.

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