Durante la crisis de diciembre del 2001 mucha gente repetía: “Que se vayan todos”. Al mismo tiempo que mostraba la insatisfacción de la población en general con la clase política que había llevado al país de la estabilidad del 1 a 1 al caos económico y social ese fin de año, el bordón es una clara muestra del desinterés, hastío y desidia generalizados ya sin hacer diferencias entre partidos y/o tendencias.
En un breve racconto, en 2015 los argentinos votaron a Mauricio Macri para desvencijarse de 12 años de kirchnerismo corrupto y mafioso. Macri no entendió cuál era su misión y no mostró sentido de urgencia. Volvió al cambio unificado, a los mercados voluntarios de deuda y tomó préstamos para recomponer reservas, pero siguió financiando el alto déficit público que heredó de CFK.
En las elecciones de medio término de 2017, los argentinos le renovaron su voto de confianza. Macri lo ignoró una vez más. Finalmente, en 2019 la gente, decepcionada y frustrada por su mal desempeño, sobre todo en la economía, votó de nuevo al kirchnerismo que, como dijeron, volvió mejor: más corrupto, más incompetente, más sinvergüenza.
El que se vayan todos del 2021 tuvo el trágico resultado de llevar a la presidencia del país a un hasta entonces casi desconocido gobernador de Santa Cruz quien se reveló un Lavanauta Extasiado. Luego de cuatro años como presidente, cedió el lugar a su esposa la Abogada Exitosa, que ganó la elección del 2007 gracias a la bonanza propiciada por el boom de las commodities.
El plan del matrimonio Kirchner era transformar a la Presidencia del país en un bien ganancial, un enroque similar al de Rusia entre Putin y Medvedev. El plan se frustra con la muerte de Néstor en 2010 que su esposa aprovechó para vestirse de viuda frágil y víctima e ganar la elección del 2011 con el 54%. El resultado de este segundo mandato es conocido: aumento del gasto público, corrupción galopante, inflación imparable, recesión y desempleo crecientes.
Hace mucho insisto que, en esta elección de 2023, la Argentina esté tal vez frente a su última gran oportunidad de no deslizar definitivamente hacia una degradación social y económica similar a la de Cuba y Venezuela. Actualmente Argentina padece estancamiento desde 2011, inflación del 120% anual y casi 50% de la población debajo de la línea de pobreza.
Es evidente que, a pesar de los gruesos errores que cometió durante sus 4 años de mandato, en 2019 Macri era una opción mucho mejor que la vuelta de la cuadrilla corrupta y mafiosa kirchnerista. En 2023, gobierno del inepto Alberto Fernández, la destrucción de la economía es innegable: muchas empresas se fueron del país y miles de PyMEs se achicaron o directamente desaparecieron con la consiguiente destrucción de producción, empleos y valor agregado.
Esta triste realidad de desindustrialización, cierre de empresas, recesión y pérdida de empleos ya había sucedido durante los terribles 12 años kirchneristas del Néstor y Cristina Kirchner (cuyo título sigue sin aparecer).
Como suele decir el economista y diputado José Luis Espert, "la gente no conecta lo que hace con lo que le pasa".
Con su gobierno tibio y titubeante, Macri desperdició una oportunidad tal vez irrepetible: Nación, CABA y PBA, los tres principales poderes ejecutivos del país, en manos del mismo grupo político. Macri tuvo una chance única de reformar el Estado y cambiar la historia de los últimos 50 años.
Últimamente Macri reconoció sus muchos errores. No leí su libro y no sé qué justificativas da para no haber hecho lo que se le presentaba como su principal misión y razón por la cual los argentinos lo llevaron a la Presidencia en 2015.
La realidad es que la opinión pública argentina está hoy de nuevo como en 2001: “Que se vayan todos”, como si ello fuera posible, como si la vida mejorara automática y rápidamente si alguien se dispusiera a apagar la luces de la Casa Rosada, el Congreso Nacional, el Palacio de Justicia, los gobiernos provinciales, las intendencias municipales y todos, absolutamente todos, se fueran a sus casas.
La premisa es infantil e imposible. Un país es un proyecto colectivo. No se pueden ir todos. Si los argentinos no se ponen de acuerdo sobre qué país quieren y votan a grupos profesionales en depredar, la culpa no es de los políticos sino de los votantes.
Es hora de que el electorado argentino tome consciencia de la gravedad de la situación, el tamaño del desafío que tiene por delante, deje de echarle la culpa a otros y tome las riendas del país.
En Nación, provincias y municipios es imprescindible llevar al gobierno a gente honesta, idónea y capaz de cambiar el actual rumbo de continuada degradación económica y social, desempleo y niveles crecientes de pobreza y miseria.
Si los argentinos siguen votando como hasta ahora es mejor que vayan eligiendo un nuevo nombre para el país. Dejo aquí algunas sugerencias: Argenzuela, Argencuba, Argengola, Argenbabwe (como para mantener la raíz).

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