En cuanto candidato, Javier Milei se dedicó a despotricar contra todo y contra todos y criticó mucho más a la candidata de JxC, Patricia Bullrich, que al ministro candidato del oficialismo Sergio Massa. El discurso incendiario de Milei le atrajo el apoyo de una camada transversal del electorado, muchos de los cuales, tal vez la mayoría, no saben qué es el anarcocapitalismo ni tienen idea de quiénes fueron Ludwig von Mises, Friedrich Hayek o Murray Rothbard.
Los principales caballitos de batalla de Javier Milei candidato fueron:
Motosierra: cortar cargos y eliminar o, en una primera etapa, reducir el déficit público que, en el Poder Ejecutivo Nacional (PEN), está calculado en 5% del PBI. Eliminar ministerios, secretarias, institutos etc. es algo que el presidente debe poder hacer con relativa facilidad. Todos deseamos que tenga éxito en la tarea.
Banco Central: cerrarlo porque es el instrumento que usan los políticos argentinos para emitir una moneda que nadie quiere: el peso. La idea en si representa una flagrante contradicción: si se elimina el BCRA, Argentina resignaría su política pasaría monetaria y pasaría a depender 100% de los EE.UU., país que sí tiene banco central, la Federal Reserve (FED).
Dolarización: eliminación del peso argentino y adopción del dólar. Era sólo una idea seductora. Antes de la 1ra vuelta de la elección Milei llegó a anunciar que tres fondos “de alto riesgo” estarían dispuestos a proveer “U$S 60 mil millones para comprar la deuda argentina”. La primicia la dio el periodista Eduardo Feinmann, luego confirmada por el candidato. Poco después no se habló más del tema. Es evidente que se trata del peligroso expediente de tomar aún más deuda externa para desarmar la trampa de las Leliqs.
Las idas y vueltas de Milei antes y después de su triunfo electoral dejan claro que no tenía un plan de dolarización. Era sólo un slogan. Por eso, hacia el final de la campaña, Milei anunció que adoptaría el plan que le arrimaron los economistas Emilio Ocampo y Nicolás Cachanosky que él consideraba mejor que el suyo. Una vez electo, este plan, supuestamente ideal, fue dejado de lado.
Eliminar la moneda nacional y adoptar el dólar (o la moneda de cualquier otro país) puede parecer muy conveniente en teoría, pero muy peligroso en la práctica. Supongamos que Argentina elimina el peso y pasa a usar el dólar. Tiempos después ocurre una catástrofe de grandes proporciones: un tsunami destruye Bahía Blanca, un terremoto en San Juan o una plaga o sequía arruina nuestras cosechas, todas situaciones que demandarían U$S miles de millones para evitar que el país y su población sufran todo el impacto.
Y supongamos que, cuando ocurre tal catástrofe EE.UU., que tendría que proveernos de dólares, se encuentra fuertemente sobrecargado por sus compromisos en Ucrania; Medio Oriente en el caso de que se intensifiquen los ataques a Israel; la intención ya declarada de China de invadir y anexar Taiwán, y la amenaza latente de los misiles intercontinentales de Corea del Norte.
No estamos más en los ’90 cuando cayó el Muro de Berlín, desapareció la URSS sin pena ni gloria y, gracias al Plan de Convertibilidad, Argentina tuvo una década de estabilidad económica.
Entonces, Argentina tenía estatales que podía vender: Aerolíneas Argentinas, ENTel, YPF, Ferrocarriles Argentinos, Obras Sanitárias, etc., todas empresas que, mal o bien, le trajeron al país U$S miles de millones.
Entonces, EE.UU. podía hacer de gendarme del planeta; hoy, cada vez menos. El mundo es muy diferente, mucho más complejo y difícilmente EE.UU. podría atender a la Argentina con una suma de dinero que nos permitiera paliar los efectos de una catástrofe como la descripta.
La realidad es que, si Milei logra reducir/eliminar el déficit fiscal (aprox. 5% del PBI), solucionar el complejo tema de las Leliqs (otros aprox. 10% del PBI), acordar con los gobernadores el cese de las “transferencias discrecionales” (principal fuente de emisión e inflación) y volver a un Banco Central independiente y responsable que defienda el valor de la moneda, dolarizar y cerrar el BCRA ya no sería necesario ni tendría sentido.

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