El 1° de julio se cumplieron 50 años de la muerte de Juan Domingo Perón, hecho que viví en primera mano tal como su retorno al país, primero un lluvioso 17 de noviembre de 1972, cuando estuvo en el país poco más de un mes haciendo acuerdos políticos, y el definitivo, aquel trágico 20 de junio de 1973.
El retorno de Perón en el feriado del Día de la Bandera, aniversario de la muerte de su creador, Gral. Manuel Belgrano, fecha que había sido concebida como una gran fiesta popular, terminó de la peor forma posible: un enfrentamiento armado entre la ultraderecha y la ultraizquierda del Movimiento Peronista obligó al avión que traía a Perón a desviarse de su programado aterrizaje en Ezeiza a la base aérea de Morón, en el Gran Buenos Aires.
La batalla campal de ese día tomó de sorpresa a la muchedumbre y dejó decenas de muertos y centenas de heridos (hasta el día de hoy no se conocen los números definitivos). Perón ni había puesto los pies en suelo argentino y ya se desnudaba el crudo enfrentamiento entre los extremos de su movimiento: el ala sindical desde hacía décadas aliadas a Perón, y las organizaciones armadas de inspiración castrista surgidas en los años 1960. A estas últimas Perón venía fogoneando desde el exilio para fustigar a los sucesivos gobiernos argentinos, tanto civiles como militares.
Héctor J. Cámpora, su último delegado durante el exilio, que fue luego ungido candidato, había llegado a la Presidencia menos de un mes antes, el 25 de mayo de 1973, cuando la fórmula Cámpora-Solano Lima (FreJuLi) ganó las elecciones del 11 de marzo. El mandato de Cámpora, identificado con el ala izquierda del movimiento, duró tan sólo 49 días: con Perón ya en el país la derecha del movimiento prácticamente lo echó de la Casa Rosada. Quien lo sucedió fue Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados y yerno del entonces secretario privado de Perón, ministro de Bienestar Social y que se convertiría en hombre fuerte del gobierno: José López Rega.
El año 1973 fue especialmente movido para los argentinos: las elecciones del 11 de marzo, la asunción de Cámpora el 25 de mayo, los violentos hechos del 20 de junio en Ezeiza durante el retorno de Perón, la renuncia forzada de Cámpora el 13 de julio y el comienzo de una nueva campaña electoral en la que la fórmula Perón-Perón triunfaría con el 62% de los votos.
Durante los primeros meses de su tercera presidencia Perón parecía bien dispuesto y decía ser “prenda de unión y paz entre los argentinos”. Por otro lado, seguía hablando de “la violencia de los pueblos que se quieren libertar” según sus textuales palabras. Ambos extremos del movimiento declamaban su lealtad a Perón y, al mismo tiempo, escalaban la onda de violencia.
En Set/1973 los Montoneros asesinan a José Ignacio Rucci, secretario general de la central obrera CGT y por quien Perón tenía gran afecto. El atentado fue interpretado como demostración de fuerza de la organización guerrillera. Era evidente la preferencia de Perón de dar oídos y negociar con los tradicionales dirigentes sindicales considerados la derecha del movimiento.
En 1974 la violencia política escala aún más alto: aparece una inicialmente misteriosa Alianza Anticomunista Argentina (AAA) que persigue, captura y asesina políticos, militantes y guerrilleros izquierdistas. Los periódicos de la época llevaban una macabra contabilidad diaria con los cadáveres hallados el día anterior. Tiempos después fue revelado que la AAA era una organización paramilitar financiada y armada desde el ministerio de José López Rega, apodado “El Brujo” por sus inclinaciones esotéricas.
A esta altura las organizaciones armadas le discutían abiertamente al ya anciano líder la conducción del movimiento y del país y su preferencia por la “burocracia sindical”. Un estribillo común que se cantaba por entonces decía:
El 1° de mayo de 1974, Día del Trabajo, tradicionalmente miles de trabajadores llevados por los sindicatos y organizaciones peronistas se congregaban en la histórica Plaza de Mayo para escuchar el discurso del líder desde el balcón de la Casa Rosada. Fue cuando Perón pronunció la famosa frase con que echó a la organización Montoneros de la plaza: “A pesar de esos estúpidos que gritan”.
Por aquellos años yo trabajaba
en el barrio porteño de Balvanera a escasas 6 cuadras de Plaza Congreso que,
junto con Plaza de Mayo, distante a exactas 14 cuadras por la Avenida de Mayo son
los locales preferidos para manifestaciones políticas y, con frecuencia, disturbios
y enfrentamientos con la policía.
Nadie me contó todo lo que aquí relato: fui
testigo ocular y los viví en primera persona.
El “Plan de Inflación Cero” ideado en 1973 por el ministro de Economía José Ber Gelbard ya hacía agua con sus consabidos congelamiento de precios, control de cambio, aumento de salarios por decreto por encima de la inflación con la falsa idea de distribuir renta mediante emisión monetaria sin lastro.
El ministro Gelbard llevó a cabo una apertura de mercados para productos argentinos con países comunistas que carecían de dólares para pagar. Datan de esta época las exportaciones de autos argentinos a Cuba que el régimen castrista nunca pagó.
El 12 de junio de 1974 las organizaciones peronistas convocan de última hora un acto en la Plaza de Mayo con la consigna de “apoyar a Perón”. Según se decía, fuerzas ocultas le impedirían a Perón gobernar.
Camiones de sindicatos pasaban recogiendo a la fuerza todo el que anduviera por la calle. La empresa nos liberó antes y con mi amigo y colega Juan Carlos Gaitán nos salvamos de que nos arrearan como a ganado. Fue sorpresa para muchos descubrir que Perón estaba muy enfermo y su cáncer de próstata ya en fase terminal.
A los 16 años yo me preguntaba por qué un líder que había vuelto finalmente al país luego de 18 años en el exilio y en medio del clamor popular necesitaba apoyo. La Argentina se encontraba de nuevo sumergida en inflación, violencia política y desorganización general de su economía. Ya circulaban rumores de golpe que, decían, esta vez los militares no tendrían coraje de darle al ahora anciano Perón como habían hecho en 1955.
Pocos días después, el 1° de julio de 1974, sería anunciada la muerte de Perón en la Quinta de Olivos, residencia oficial del presidente. Hace exactamente 20 años, cuando se cumplían 30 de su muerte, escribí para el periódico Nuevos Aires, del cual fui editor, del Club Argentino de São Paulo (CASP) del cual fui dirigente, un artículo que generó intenso intercambio, en ese entonces por e-mail porque aún no existían las redes (anti) sociales.
Al morir, Perón le hizo a la Argentina su último chiste de mal gusto: dejó en el gobierno a su esposa y vicepresidente, María Estela Martínez, popularmente conocida como Isabelita, una bataclana que había conocido en Panamá en sus andanzas de expresidente depuesto y rico.
Isabelita Perón sólo había concluido la escuela primaria y no tenía experiencia ni capacidad política necesaria para ejercer la más alta función pública. Durante su gobierno Argentina se hundió aún más en la crisis económica, hiperinflación, desorganización política y caos social y culminó en el golpe militar de 24 de marzo de 1976 del que trato en otra entrega.

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