No, no son los números de la quiniela ni mucho menos las medidas de alguna modelo sexy. Son los resultados de la candidata-presidente-candidata. Un sube y baja sorprendente. Difícil de explicar también.
De hecho: en 2007 la esposa del entonces todopoderoso de Argentina obtuvo en las urnas el 42% que la llevó a autoproclamarse “presidente de los argentinos” (el 58% restante no se manifestó). Su votación no fue sólo aprobación de la gestión precedente sino también de su figura y del sistema de enroque propuesto por su marido, elevado ahora a la condición de mártir del "modelo".
En el 2009, luego de haber mantenido durante 2 años al país en vilo con casos de corrupción, paseatas y constantes ocupaciones, cortes de rutas, puentes y avenidas, en las elecciones legislativas una buena parte del electorado le dio sus votos a la oposición. En setiembre de 2009 la aprobación popular de la presidente había caído a su nivel más bajo: preocupantes 20%.
En octubre de ese año ocurre lo que nadie imaginaba: muere el presidente-consorte en ejercicio efectivo. La muerte, hecho doloroso para cualquier familia, se convierte en su mejor aliado. De inmediato, la presidente usa intensamente la muerte de su marido en cada una de sus apariciones públicas. Empieza a recuperar su imagen. Llorosa, se refiere siempre a él, pide apoyo y habla de su fortaleza. La imagen es la ideal: la mujer que mantiene su entereza a pesar de todo. Es imposible no compadecerse, no tenerle simpatía.
La muerte de Néstor Kirchner fue, en realidad, un golpe mucho más duro para la oposición. Mientras la presidente la usa inteligentemente a su favor, la oposición se queda sin su blanco preferido, la cara más fea del régimen, el hombre que ejercía el poder sin miramientos y asumía los negociados políticos como siempre lo había hecho: en forma muy natural.
Casi ninguno en el arco opositor entendió lo que muchos veíamos: que para derrotar a la aplanadora kirchnerista la única posibilidad era unirse, buscar un candidato de consenso y presentarse ante el electorado como alternativa válida a un régimen cada vez más duro, absoluto y excluyente.
No lo vieron. En su delirio, algunos alimentaron fantasías de triunfo; otros la fueron inicialmente de opositores, para abandonar rápidamente el barco cuando vieron que no tenían chances. Un triste espectáculo de veletas que los electores deben haber guardado. El que ellos habían conseguido derrotar en vida, los derrotaba ahora después de muerto.
Así se llega a este 54% de octubre 2011, aplastante, que dejó al segundo lejos, con sólo 17% de los votos. Los muchos casos de corrupción oficial no sirvieron de nada. Al elector argentino no le importó; por largo margen prefirió darle a esta gente un nuevo y ampliado mandato.
Con eso, creó un monstruo. No sólo le dio al “modelo” cuatro años más – alargando ya a 12 años su hegemonía – sino también cómoda mayoría en ambas cámaras. Es posible que muchos no se hayan dado cuenta aún: es una negación concreta, indiscutible, de los principios republicanos sobre los que se apoya la Nación. Un gobierno sin oposición es un gobierno sin frenos. Las consecuencias ya se empiezan a ver.
El argentino que trabaja y respeta las leyes ve ahora un desastre inminente. Los destinos del país en manos de un Ejecutivo sin oposición, que maneja al Legislativo a su antojo – como ya manejaba al Poder Judicial – y tiene a los gobernadores en el bolsillo. Mejor no podía ser. O peor.
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