Como si no bastaran los papelones a que a menudo nos someten algunos representantes del país, como el ex Diez y el insufrible canciller, los argentinos acabamos de descubrir que nos han contado el cuento del tío, o mejor el del cáncer que nunca fue.
Cuanto más el vocero de la presidencia intenta desmentir y explicar, más claro queda que, en realidad, la presidente nunca tuvo cáncer y que la palabra fue usada, en forma irresponsable, para sensibilizar a la población. Queda claro que no se resistió a la fácil tentación de transformar su breve internación en un circo de compasión con segundas intenciones.
La probable intención oculta de la farsa armada alrededor de un cáncer inexistente - algunas malas lenguas dicen que en realidad fue una simple cirugía plástica – fue sacar a la presidente de escena mientas el grueso de la ciudadanía recibe a los mazazos aumentos de impuestos, tasas y tarifas de servicios públicos.
Para alcanzar su objetivo, no tuvieron mejor idea que contarle a la población un cuento conmovedor en que la terrible palabra traería reminiscencias del pasado y, por si sola, haría su trabajo. Como suelen hacer, la improvisación fue tamaña que los actores entraron en contradicción y la farsa se descubrió casi de inmediato.
Con el engaño al descubierto - como en 2012 se cumplen 30 años de la gesta de Malvinas - se espera que carguen aún más las tintas contra Gran Bretaña y nos cuenten otro cuento, también muy caro a los argentinos, el de la defensa de nuestras riquezas australes.
Aunque, detrás de sus inflamados discursos patrióticos y conclamas a la unidad sudamericana, seguirán mirando para otro lado mientras permiten que las riquezas petrolíferas y pesqueras de nuestro país fluyan a los cofres privados de empresas nacionales y extranjeras que les pagan sus peajes “nacypop”. Total, los argentinos seguimos chupándonos el dedo.
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