Miércoles 22 de febrero, 8 y media de la mañana. Una composición del Ferrocarril Sarmiento procedente de Moreno no logra detenerse al llegar a la estación terminal Once y choca violentamente contra la plataforma. Las últimas noticias del accidente ya dan cuenta de 600 heridos y 49 muertos.
El hecho me afecta directamente porque durante años tomé esos trenes diariamente entre Morón, Liniers y Once. Por esos años los trenes del Sarmiento – más modernos que los de las líneas Roca, San Martín o Belgrano – ya tenían sus problemas pero aun así eran el orgullo de los vecinos de la Zona Oeste. En los coches todavía se podía leer “Japón 1961”.
Estatales desde hacía décadas, los trenes se privatizan durante el gobierno Menem – quien algún día tendrá que ser juzgado junto con sus cómplices – como diversas otras “joyas de la abuela”, como se llamaba por esos años a los bienes del Estado Argentino. Cuando, en algún momento futuro, se haga un ranking mundial, las privatizaciones menemistas constarán seguramente entre las peores del mundo.
Nada cambió durante la administración de Néstor Kirchner – a pesar de sus inflamados discursos con críticas a “los noventa”. Al contrario, desde el comienzo de su gestión en 2003 Néstor Kirchner mantuvo y aumentó año tras año los subsidios a las concesionarias sin exigirles nada a cambio.
Nada cambió tampoco durante la gestión Cristina Kirchner, cuyos protegidos de La Cámpora siguen la misma prédica, vacía porque carente de cualquier acción efectiva. El resultado está ahí. Otro trágico accidente, con decenas de muertos y centenas de heridos, personas humildes que dependen de ese medio de transporte para ir a su trabajo.
De nada sirve ahora hacer discursos hipócritas y echarle la culpa a “los noventa”. De 2003 a esta parte pasaron casi 9 años – de crecimiento “chino” según la estadística oficial. El gobierno kirchnerista tuvo tiempo – y fondos – suficientes para cambiarle la cara al transporte ferroviario nacional, que sólo en el Gran Buenos Aires transporta millones de personas todos los días.
¿Por qué no lo hizo? Porque estaba ocupado en otra cosa, a saber: usar esos fondos para comprar voluntades y votos, acomodar a si mismos y aliados, multiplicar su patrimonio personal como nunca antes, y perpetuarse en el poder. Los hechos no aceptan desmentidos.
El hecho me afecta directamente porque durante años tomé esos trenes diariamente entre Morón, Liniers y Once. Por esos años los trenes del Sarmiento – más modernos que los de las líneas Roca, San Martín o Belgrano – ya tenían sus problemas pero aun así eran el orgullo de los vecinos de la Zona Oeste. En los coches todavía se podía leer “Japón 1961”.
Estatales desde hacía décadas, los trenes se privatizan durante el gobierno Menem – quien algún día tendrá que ser juzgado junto con sus cómplices – como diversas otras “joyas de la abuela”, como se llamaba por esos años a los bienes del Estado Argentino. Cuando, en algún momento futuro, se haga un ranking mundial, las privatizaciones menemistas constarán seguramente entre las peores del mundo.
Las causas del trágico
accidente – uno más en una ya larga lista – hay que buscarlas en la crónica falta
de inversión en un sistema de transporte que viene de la década menemista. En efecto,
el servicio ferroviario se privatizó sin exigirles a las concesionarias un plan
de inversiones para sacar a ese medio de transporte del estado lamentable en que
se encontraba. Hace décadas que esas empresas se dedican a cobrar subsidios siempre
crecientes sin preocuparse en mejorar el servicio.
Nada cambió tampoco durante la gestión Cristina Kirchner, cuyos protegidos de La Cámpora siguen la misma prédica, vacía porque carente de cualquier acción efectiva. El resultado está ahí. Otro trágico accidente, con decenas de muertos y centenas de heridos, personas humildes que dependen de ese medio de transporte para ir a su trabajo.
De nada sirve ahora hacer discursos hipócritas y echarle la culpa a “los noventa”. De 2003 a esta parte pasaron casi 9 años – de crecimiento “chino” según la estadística oficial. El gobierno kirchnerista tuvo tiempo – y fondos – suficientes para cambiarle la cara al transporte ferroviario nacional, que sólo en el Gran Buenos Aires transporta millones de personas todos los días.
¿Por qué no lo hizo? Porque estaba ocupado en otra cosa, a saber: usar esos fondos para comprar voluntades y votos, acomodar a si mismos y aliados, multiplicar su patrimonio personal como nunca antes, y perpetuarse en el poder. Los hechos no aceptan desmentidos.
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