Cuando a comienzos de los '80 llegué a São Paulo aun no existía el Mercosur. Durante décadas Argentina y Brasil habían sido países que en lo comercial vivían de espaldas uno al otro. Al final de la década surgió la idea de crear un "Mercado Común del Sur", iniciativa calcada en su homónimo europeo, que se dio durante los gobiernos civiles de José Sarney, por Brasil, y Raúl Alfonsín, por Argentina.
La idea de integrar los mercados de las dos economías más grandes de Sudamérica, e incluir también a dos socios menores, Paraguay y Uruguay, sólo podía fascinar a alguien como yo que ya traía en las venas la pasión por el comercio internacional.
La integración entre países sólo puede funcionar si las economías son relativamente estables. A mediados de los '80 tanto Argentina como Brasil sufrían las consecuencias de los choques del petróleo y la crisis de la deuda externa. Los dos salían de regímenes militares y recién habían vuelto al sistema democrático.
En Argentina las heridas eran aún más profundas: el país acababa de salir de la felizmente breve Guerra de Malvinas (1982). Ninguno de los dos países reunía condiciones ideales de estabilidad económica y/o política como para integrarse al otro. No obstante las dificultades, ambos negociaron y produjeron las primeras listas de productos de ambos lados que tendrían sus aranceles reducidos. Así es que, a principios de los años '90, el Mercosur empezaba tímida pero efectivamente a funcionar.
Fue también en los '90 que los consumidores brasileños pudieron volver a comprar algunos productos importados. Esto sucedía 1 1/2 década después del cierre por el gobierno militar de las importaciones (1976), justificada por las constantes alzas de los precios del petróleo.
La apertura a los importados, promovida por el gobierno Collor como respuesta al rebrote inflacionario fue bien aprovechada por la Argentina y en especial su industria de alimentos. En los supermercados era posible encontrar todo tipo de productos argentinos: vinos, quesos, fideos, miel, dulces, manteca, aceites, galletitas, caramelos, pañales descartables, confecciones, calzados, etc. Muchas veces sin que buena parte de esos productos se hubiera sido aún de la reducción de aranceles del Mercosur.
Desafortunadamente el frenesí exportador no duró mucho. Los industriales argentinos no pudieron o no supieron aprovechar el potencial del mercado brasileño, lo que les habría permitido aumentar la productividad y por lo menos duplicar sus escalas de producción. El Plan de Convertibilidad implantado en 1991 derrotó la recurrente inflación argentina pero la rigidez de la paridad peso-dólar hizo con que los productos argentinos fueran perdiendo competitividad.
Nueva oportunidad a partir de 1994, año de la crisis "Tequila", gracias al Plan Real. Con la nueva y muy apreciada moneda de Brasil, de nuevo gran cantidad de productos argentinos llegaba a los supermercados brasileños pero por poco tiempo: el 1 a 1, ahora absurdamente convertido en ley, le fue quitando competitividad a la producción argentina. La situación se agrava con la Crisis Asiática (1997), que provoca un efecto dominó de devaluaciones, el Default Ruso (1998) que encarece el costo del dinero en el mundo y, finalmente, el golpe de gracia: la devaluación brasileña de enero de 1999.
La secuencia de crisis y devaluaciones va sacando a la Argentina de los mercados externos. Con el rígido 1 a 1 y la meteórica apreciación del dólar durante los años Clinton Argentina ya no tiene condiciones competitivas para exportar. Mantener el cambio fijo más allá de lo aconsejable hace que también el mercado interno se vea cada vez más tomado por productos importados. El resultado es previsible: los produtos argentinos pierden mercados en el plano externo y luego también en el interno.
Hoy, a mediados de 2017, la producción argentina casi desapareció de las estantes. Los vinos argentinos fueron en su mayoría desplazados por chilenos, italianos, franceses, australianos, uruguayos, sudafricanos. Lo mismo con los quesos, inclusive los de marca SanCor, antes habituales, desaparecieron. Es el resultado de una política económica falsamente proteccionista que termina destruyendo buena parte de la capacidad productiva del país.
La Argentina que insistía en despreciar mercados externos hoy necesita desesperadamente dólares genuinos, de exportación. Si Argentina no tiene competitividad para venderle alimentos a Brasil, único mercado donde goza de arancel cero, difícilmente podrá venderle al resto del mundo.

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